México en imágenes

Ted-McGrath“No existe ni podría existir algo parecido a una fotografía nacional, pero sí hay una respuesta unificada al país (fenómeno o problema)”.

Por Eduardo Luciano Tadeo Hernández

Fotografía por Ted McGrath

¡Un país surrealista! Es la designación que por varias décadas han utilizado los observadores nacionales e internacionales para explicar la compleja realidad mexicana. El francés André Bretón es un ejemplo de esta mirada impresionada, en su visita al país en 1938 reflexionó: “México, mal despertado de su pasado mitológico sigue evolucionando bajo la protección de Xochipilli, dios de las flores y de la poesía lírica, y de Coatlicue, diosa de la tierra y de la muerte violenta…Este poder de conciliación de la vida y la muerte es sin lugar a dudas el principal atractivo.”

El origen y el fin son temas aún importantes en nuestra comunidad imaginada, una visión producto de la imprenta católica, que estadísticamente refleja una avasalladora mayoría del 80%, que poco a poco disminuye, pero también bañada por cosmogonías de culturas indígenas. La celebración del día de muertos en noviembre es quizá la expresión de sincretismo más reveladora de nuestras muchas naciones.

Ante la cuestión de registrar la diversidad, la fotografía otorgó una respuesta que alcanzó tal importancia que sirvió para justificar el mito de la identidad nacional. Pero, antes de consolidarse el proyecto nacional en el siglo XX, uno siglo antes el fenómeno fotográfico fue introducido al país por franceses, estadounidenses y alemanes, nacionalidades que tuvieron en el mismo tiempo otras formas de presencia: la ocupación de parte del territorio mexicano por los primeros, las invasiones y pérdida de territorio en manos de los segundos.

El aprendizaje de la técnica dio a los mexicanos la posibilidad de hablar con voz propia. Al respecto, el cronista Carlos Monsiváis dijo: “no existe ni podría existir algo parecido a una fotografía nacional, pero sí hay una respuesta unificada al país (fenómeno o problema)”. La imagen se tornó en un hecho social en cuanto generó registros sobre la vida cotidiana de la raza cósmica; sus aspiraciones, carencias y posesiones.

La presencia extranjera sobre el curso de la imagen en México en el siglo xx fue notable. Según Monsiváis la fotografía como arte se debe a los estadounidenses Edward Weston y Paul Strand y a los soviéticos Eisenstein y Eduard Tisse, quienes fueron influidos por Diego Rivera. Sin embargo, ha llevado un largo proceso reconocer a la fotografía como artística, pues, aunque tuvo un lugar relevante en el periodo del nacionalismo cultural, cuando se forja una identidad comunitaria a partir del sentimiento post-revolucionario, en el resto del siglo la fotografía sería “el patito feo de las artes”, como afirma Itala Schmelz, actual directora del Centro de la Imagen.

Es indudable, sea que se considere artística o no, que la fotografía es una forma de dar voz al pasado y revelar el presente a través de la imagen. Así, los impulsos y perspectivas del fotógrafo han cambiado con los tiempos y cambiado los tiempos a su vez. Para ilustrar este propósito cuatro momentos en la historia de México son útiles:

En primer lugar, tendremos que hablar sobre el periodo de la Revolución Mexicana, como a la distancia ha sido nombrado un proceso de lucha por la consolidación de un nuevo proyecto de nación. Agustín Víctor Casasola sería el fotógrafo de la época: retratos de la aristocracia mexicana, por supuesto de Don Porfirio Díaz, entonces presidente la república; imágenes de las soldaderas, prueba para algunos de la valentía de la mujer, lectura para otros sobre la abnegación y la veneración por su hombre; fotos del ejército zapatista en un restaurante Sanborns en la Ciudad de México, premonición de la migración desde el interior del país hacia el centro, que haría de esta capital una de las más pobladas en el mundo. Estos registros aún se conservan en el llamado Archivo Casasola.

En segundo lugar, tendríamos que hablar sobre el nacionalismo cultural. Una figura indispensable en esta tarea fue Manuel Álvarez Bravo, quien no solo fotografió los murales de Diego Rivero, Clemente Orozco y Alfaro Siqueiros, sino también acercó su lente a los indígenas y al mundo prehispánico. Prevalecía en su labor, un afán por dialogar con las aspiraciones de modernidad y el rescate del pasado. Es interesante la lectura actual que se hace de Álvarez, la Asociación Manuel Álvarez Bravo, por ejemplo, lo designa como uno de los fundadores de la fotografía moderna y el mayor representante de la fotografía latinoamericana del siglo XX. Bajo este argumento el fotógrafo construye una identidad cuyos alcances trascienden las fronteras nacionales.

En tercer lugar, no es posible olvidar un momento oscuro de la historia nacional que encuentra su cúspide en el año de 1968, con la matanza de estudiantes en Tlatelolco. Una época en la cual los jóvenes soñaron con un cambio radical de la realidad política, social, económica, cultural; un sueño que a muchos les costó la vida. En este año de rompimiento, según Itala Schmelz, el fotógrafo se convirtió en “una lente solidaria, dio testimonio y también tomó partido en términos políticos.” Alberto del Castillo Troncoso ha denunciado la subestimación de la imagen para contar estos sucesos, por lo cual en su texto “el movimiento estudiantil de 1968 narrado en imágenes”, regala un registro desde la perspectiva de los fotógrafos: entre ellos encontramos a Enrique Metinides quien trabajaba para el diario la prensa; Héctor García, cuyas imágenes fueron acompañadas en varias ocasiones por la crónica de Carlos Monsiváis; y María García, que tuvo la oportunidad de publicar su trabajo en el suplemento “La Cultura en México”. En general, frente a un partido represor, la fotografía encontró un medio para la denuncia y la defensa de las libertades.

En cuarto lugar, podríamos hablar de la época reciente, en donde los procesos de globalización se arraigan en el corazón de los líderes políticos, económicos y la mitificada clase media, la cual también siente la esperanza de encontrar en las redes sociales un medio para expresar su punto de vista. Es en este contexto, tenemos un reciente festival bianual de fotografía re-nombrado Foto México, cuyo nombre se explica a través de una estrategia de internacionalización más que de un rescate del nacionalismo cultural. La necesidad de hacernos globales habla de tiempos muy particulares, en donde lo local, nacional e internacional encuentran convergencia.  Hoy, por ejemplo, hay fotógrafos mexicanos como Luis Arturo Aguirre que tienen una perspectiva de género, un discurso muy universal. Pero la actualidad es más compleja y aún nos encontramos entendiendo su significado.

Eduardo Luciano Tadeo

Estudió Relaciones Internacionales con especialidad en Derecho Internacional en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla en México. Después de realizar un intercambio en la Universidad de Corea, el interés por la cultura, la política y las relaciones internacionales del país, lo llevaron aplicar por una beca, la cual le fue otorgada, para cursar estudios coreanos en la Universidad de California-Los Ángeles. Cursó la Maestría en Estudios de Asia y África en el Colegio de México con especialidad en Corea. En 2012, presentó ponencias en la Tercera Conferencia de Estudios Coreanos en México, en el XII Congreso Internacional de la Asociación Latinoamericana de Estudios de Asia y África y el XXVI Congreso Anual de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales. En el mismo año recibió apoyo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología en México para realizar una estancia de investigación en Corea del Sur.

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