De sandalias y otras razones

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De sandalias y otras razones“Todavía recuerdo la mirada de mi compañero de cuarto tras preguntarle para qué tenía este botón la mesa”.

Por  Javier Molina

Ilustración por Rocío Álvarez González 

Bien decía un escritor ruso de cuyo nombre no quiero acordarme: Si no lees, viaja; si no viajas, lee. Y yo con una apreciable carente maestría le agrego hoy, en una era instantánea y de fácil tránsito: Y si viajas, experimenta. Sí, quédate un momento en ese otro lugar, lejano, alienado, inquietante para que entiendas que somos demasiado diferentes para tolerarnos y aceptarnos de no ser por eso que nos hace seres humanos: la razón. Misma cualidad que ayudada por el tiempo hace de lo ajeno un nuestro, para luego, no imaginarnos sin ello; a no ser de que decidamos viajar y experimentar una y otra vez más.

La vida me ha puesto de aquí a allá, sin explicaciones y muchas veces en contra de la lógica de todos los demás, se trate de familia, amigos o parejas. Nací en México, pero fuera de las habituales condiciones; crecí en una clase media que se permitía ir y venir a Estados Unidos con la familia materna: breves trayectos hacia un mundo con otras normas, que geográficamente no están distantes, pero que en la práctica resultan opuestas. Luego, años después y con el fin de seguir mi extraviado pensamiento salí a Europa, ya conciente del contraste existente entre mis compañeros criados en España o Francia y mi yo, con sus limitaciones propias de una sociedad de floja identidad y con escasa crítica. Tras esos años de vino barato y pan duro, el siguiente párrafo sería en Corea, una nación que me ha adoptado y a la que me he adaptado a pasos cortos, a lo largo de cinco años, inseguro del porqué de mil y un acciones y reacciones, pero a la que en este instante le nombro casa, y la leo y comparo, y me divierto al recontar los detalles de inicio extravagantes, particulares y chuscos, y de los que quizá ya no quiera volver a separarme:

La comida caliente se disfruta más, decía mi abuela. Sin embargo estoy convencido de que no se refería a los caldos picantes en ebullición que han escaldado mi lengua al punto de arrebatarme el sentido del gusto por días. Los preparados del tan local kimchi con tofu algunos, atún los otros, y verduras los más, son un plato de diario a la hora de la comida. Estos jiggehs se acompañan con arroz blanco al vapor entre cucharada y cucharada: una técnica para reducir la temperatura del líquido y los daños en paladares y esófago que debería estar escrita con letras rojas en signo de precaución para los ingenuos que en el primer intento logran quitarse las papilas gustativas de un sólo sorbido. Aún recuerdo ese inicial encuentro macabro con las sopas que denominé quematontos, en las que hoy en la tarde me sumergí con gusto y dedicación. Así es, ya como tan caliente que en cada visita a México les pido a los cordiales meseros que “le den una calentadita a mi caldo tlalpeño”.

Ande yo caliente, ríase de mi la gente, decía el abuelo Chavita. Frase que las mujeres coreanas no escucharon, o si lo hicieron, le dieron otra interpretación: aquí parece que la falda corta con medias delgadas semitransparentes a menos diez grados centígrados es el vestuario perfecto para un invierno seco, ventoso y largo, y que la compasión o atracción hacia un provocativo – doloroso a la vista – atuendo es preferible a la humillante calidez brindada por unos pantalones gruesos con doble calcetín. Todo esto si y sólo si a esos elementos insinuantes se les agrega un par de tenis de marca, la que sea. ¿Tenis, de esos que usamos con un suéter gastado y una gorra con la visera hacia atrás? Sí, de esos con los que hacemos ejercicio. En Corea son un accesorio que va con todo: los he visto puestos en viernes por la noche en conjunto con abrigos de piel, o en lunes por la mañana rumbo al trabajo acorde con el color del traje sastre, hombre o mujer, o caminando por el río en una tarde húmeda de verano. Les he preguntado a amigas y extraños porqué mezclarlos a diestra y siniestra esperando una respuesta referente a la comodidad, para siempre encontrarme con la desconcertante idea de lo flexible de su uso. ¿Será mi limitado conocimiento de la moda? En fin, yo ya tengo varios pares y pienso que la vida es más cómoda en ellos, aunque a veces me vean raro otros extranjeros cuando calzo esos blancos con mi traje azul.

Entretenido en mi texto volteo a mi costado para ver un par de estudiantes con computadoras y libros, totalmente absortos en sus estudios y o contemplación. Del otro lado está un diseñador – adivino por la marca de su computadora y el programa en el que diestramente dibuja, borra y crea –, una traductora con diccionario y hojas sueltas, y más allá un oficinista de corbata y traje. Este es el ambiente y personajes de uno de los veinte cafés abiertos a las casi doce de la noche en el perímetro de dos cuadras a la redonda de mi oficina, y el de casi todos los disponibles en Seúl. Aquí se viene a platicar si no se trabaja o estudia, pero es mejor si se repasan las lecciones, se intercambian clases de idiomas o se planean proyectos laborales, estas actividades son más ad hoc a la taza de café según usos y costumbres locales. A diferencia de lo que había vivido en Europa o inclusive en México, para los coreanos la cafetería es una extensión del escritorio, un reemplazo del cubículo, el sitio ideal para seguirle en el trajín de un día dedicado al desarrollo personal, sin espacio para lo lúdico; que jueguen los que no tienen nada que hacer. En una sociedad que vive dentro de una olla de presión el indulgente pierde terreno al segundo. Es un leviatán de un millón de cabezas que te consume y al que te le unes o mueres en el intento. Esta es mi manera de explicarles por qué después de 12 horas en la oficina, y con dosis de cafeínas poco recomendables les escribo estos párrafos junto a todos ellos. No sé si en el futuro podré degustar de un café sin darle tiempo y espacio a los negocios.

La comida es un ritual que nace de una necesidad. Como cada cultura el ritual tiene su explicación en el mito, y aunque desconozco cuál de las tantas historias mitológicas coreanas sostengan la necesidad de tener timbres electrónicos en las mesas de los restaurantes y la falta de cordialidad que representa ver la cuenta antes del primer bocado, estoy seguro de que en alguna investigación ya se han aclarado los orígenes de dichas prácticas sociales. Todavía recuerdo la mirada de mi compañero de cuarto tras preguntarle para qué tenía este botón la mesa, y el reproche del mesero al entender que había apretado la campanilla por mera curiosidad, acto que respondí con el mismo rictus de disgusto al ver el monto de lo aún no saboreado. Sólo sería la primera ocasión de lo que con el paso de los años haría una costumbre: primero el camarero molesto y luego yo fingiendo indignación. Un juego naciente de un par de costumbres que marcan la urgencia de esta sociedad sin tiempo para esperar ni por el otro ni por ellos mismos. Sí, ahora me enojo cuando los veo pasear y decirme “ya le traigo su cuenta jefe, dos minutos”.

Benditas sandalias protectoras de infecciones aquí, en el restaurante, o allá, en la casa ajena. Y pensar que algún día las puse en un secundario lugar en mi vida: perdónalo, no sabe que en Corea se tiene que quitar los zapatos antes de entrar a cualquier lugar, sea casa habitación, restaurante o gimnasio (se deben usar los tenis correspondientes, todo cuadra), y de darse la impetuosa necesidad de correr al baño las sandalias de plástico, de cualquier tamaño o color, serán sus únicas aliadas. Ahora, el acto es más dramático de lo que suena, pues muchos de los baños carecen de cortinas o separación entre regadera e inodoro, un dos más dos sencillo de imaginarse y desarrollar sus consecuencias. Cinco años más tarde no me gusta ver a mi familia en zapatos dentro del hogar y siento piedad por todas esas sandalias que son relegadas a chanclas sin el merecido reconocimiento a su duro servicio.

No sé cuándo me iré de aquí, lo único que aseguro es jamás olvidarme de todo aquello inicialmente calificado como exuberante o indefinido que hoy da sentido a muchas de mis conductas. Si me ven de tenis comiendo consomés ardiendo no juzguen, mejor pulsen el botón y siéntense a compartir, bienvenidos a Corea.

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