El Castillo del Morro, la joya que adereza a la perla de las Antillas

Share Button

elmorro

Por Montserrat Piñeiro

A su alrededor aún perdura esa esencia de piratas y corsarios, ese perfume de tesoros perdidos y galeones que fueron víctimas del naufragio. Se sabe con certeza que numerosas alhajas, piezas de oro y plata permanecen en los alrededores del llamado Castillo del Morro, ahí, en el fondo del mar, esperando aún ser encontradas. Japón se ha ofrecido a limpiar las aguas marítimas que circundan dicha fortaleza con la única condición de conservar todo aquello que encuentren al efectuar dicho trabajo. Hasta la fecha el gobierno cubano se ha negado a tal acuerdo, aguardando esos tesoros perdidos a ser descubiertos y contarnos su intrincada historia.

Su construcción

La más antigua fortificación construida por los españoles en América tuvo su origen al ser Santiago de Cuba el principal puerto comercial en el Nuevo Mundo, viéndose frecuentemente amenazado por las escuadras de los países enemigos de España en aquellos tiempos -Holanda e Inglaterra- y por las mafias que gobernaban los mares. Después de ser atacada en varias ocasiones por famosos piratas como Chisrtopher Myngs, Jacques de Sores, Gilberto Girón y Cornelius Jols -mejor conocido como Pata de Palo-, Santiago de Cuba necesitaba de forma inminente una fortificación que la resguardase.

Desde 1538 eran evidentes las ventajas de la peña en la que años más tarde se ubicó el Morro para vigilancia y protección. Felipe II ordenó la edificación de una fortaleza que impidiese la entrada de bandidos e invasores a la ciudad, designando al ingeniero italiano Juan Bautista Antonelli como director de la obra. El diseño se inició en 1585, la construcción arrancó en 1589 y la inauguración no fue efectuada hasta 1629 debido a la demora en su planeación, consecuencia tanto de complicaciones económicas como de la diferencia de opiniones de las personas que participaron en el diseño. Es así como, con roca áspera, se levantó sobre un risco poligonal, una fortaleza con muros que llegaban a medir hasta tres metros de ancho con un tope de sesenta y cuatro metros, concebido para el dominio visual y defensivo.

Sus propiedades monumentales

El oficialmente nombrado Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro o Castillo del Morro San Pedro de la Roca, fungía como la mejor insignia de la ingeniería militar ibérica que durante el siglo XVII evolucionaba de una concepción renacentista italiana tardía, a la tipología que utilizaba modelos galos, flamencos y españoles, profundizando en el diseño orgánico y la funcionalidad defensiva. La irregularidad de su trazo, aunada a su contexto envolvente, dejan a esta fortaleza sin estilo evidente en cuanto al campo de la arquitectura, quedando como un fuerte clasificado dentro de las variantes de la construcción defensiva hispanoamericana.

El castillo es rico volumétricamente debido a su aspecto exterior, constituido por masas desplomadas en diversas alturas, con un frente de tierra bien modelado. La variación de sus planos complementa la singularidad intrínseca, donde se superponen explanadas, patios y rampas, todo adaptado a los requerimientos del control visual y el combate, combinado con murallas destacadas sobre riscos. Para una estructura de defensa, como lo es dicho fuerte, la explotación del terreno en combinación con las pautas formales de la arquitectura bélica, la seguridad cifrada en planos, se torna composición de diseño y funcionalidad, lo que se traduce en arte defensivo.

Es casi imposible acceder al fuerte por más de diecinueve metros en la mayoría de sus caras, la construcción fue fraguada en el océano en ángulo agudo, con un baluarte medio en cuya superficie se eleva una torre para la vigilancia. A partir de dicho punto, sucesivas cortinas se extienden hacia el lado posterior que se comunica con la tierra, lugar en donde se localizan un fosos y dos baluartes más.
Su arquitectura en tanto que monumento le valió el ser nombrado patrimonio cultural de la humanidad el 6 de diciembre de 1997.

Restauraciones

Una vez erigido el fuerte, los habaneros respiraron tranquilos pensando que estarían a salvo en forma permanente de cualquier ataque por mar, sin embargo, en 1662, los ingleses tomaron el castilllo del Morro, destruyéndolo, lo que desembocó en su reconstrucción entre 1670 y 1677, a cargo del ingeniero madrileño Juan de Síscara Ibañez. En 1678, un intruso más, un terremoto, dañó nuevamente la emblemática construcción y no fue hasta 1691 que el gobernador Juan de Villalobos impulsó la reedificación del castillo participando en ella el arquitecto mulato Francisco Pérez. En esta etapa el castillo adoptó el trazado que lo identifica en nuestros días: una base triangular, revellín, foso, camino cubierto, cuarteles y otras dependencias interiores, sistema de comunicaciones, etcétera.

En 1762, el ejército y la marina británicos, en esta ocasión comandados por el conde de Albemarle y por el Almirante Sir George Pocock, hicieron estallar una mina bajo los muros del castillo, siendo ésta la única forma de entrar a la ciudad. La fortaleza se vio severamente dañada, por lo que al siguiente año de 1763 fue nuevamente reconstruida bajo la dirección de los ingenieros Silvestre Abarca y Agustín Crame. La reedificación añadió los baluartes de Tejeda y de Austria; un foso, un camino cubierto, aljibes, cuarteles, calabozos y almacenes, asimilando las irregularidades del terreno. En su nivel inferior y por la parte que da a la bahía, se situaron las baterías Doce Apóstoles y La Pastora. Sus espacios interiores poseían un sistema dinámico de interconexión entre sí, que se completaron con diversas vías de acceso y de comunicación adecuadas.

El mariscal de campo Alejandro O’ Reilly y el ingeniero militar Beltrán Beaumont, iniciaron en 1764 una nueva etapa de proyectos de fortificación que se extendió por una década. Ventura Buceta remodeló el frente de tierra, que toma el aspecto típico de la fortificación del siglo XVIII. Se construyeron nuevas bóvedas, se cambiaron los espesores de los parapetos y se construyeron locales para la prisión. A fines del siglo, el castillo se sometió a reparaciones a cargo del ingeniero Cayetano Paveto y de Fermín Montaño.

La emblemática torre comenzó a utilizarse como faro desde 1764. La creciente importancia marítima del puerto habanero requería prioritariamente un sistema de avisos más eficiente; los proyectos se sucedieron desde 1816, cuando el químico norteamericano Gabriel Pendergrast sugirió instalar una docena de reflectores capaces de ofrecer iluminación equivalente a 150 velas de sebo, hasta uno que se utilizó durante un largo periodo, el del ingeniero francés Agustín Fresnell, quien revolucionó el alumbrado marítimo de principios de los cuarenta del siglo XIX mediante lentes escalonados, una máquina rotatoria y linterna central de forma prismática octogonal. El 24 de julio de 1845, se produjo el encendido del nuevo faro del Morro. La luz producida por la linterna de Fresnell podía advertirse a 40 millas de distancia con resplandores que duraban de 5 a 6 segundos. En 1844 la vieja torre fue demolida para levantar otra, que es la que permanece en pie hasta la fecha y se electrificó en 1945.

La fortaleza fue mudo testigo de la batalla naval entre españoles y norteamericanos, el 3 de julio de 1898. Acción de guerra que puso fin al dominio colonial de España en América. Luego, fue ocupada por las tropas del ejército norteamericano y no es hasta 1904 que pasa a ser propiedad del Estado cubano. Durante el siglo XIX, el Morro comenzó a descartarse como fortaleza efectiva, mientras recibió cambios funcionales y reparaciones. Fue prisión política de forma eventual y desde 1920 quedó abandonado, hasta que en 1958 comenzó a restaurarlo el arqueólogo español Francisco Prat Puig. El 23 de julio de 1978 el Morro fue inaugurado como Museo de La Piratería y para 1979 fue declarado Monumento Nacional por Resolución de la Comisión Nacional de Monumentos del Ministerio de Cultura.

En la actualidad

Durante los tiempos en que el Morro desempeñó función defensiva, día tras día, a las nueve de la noche la guarnición de la fortaleza hacía fuego con una de sus piezas, en señal para los habaneros de que ya era hora de recogerse y evitar transitar entre la espesa vegetación que existía en los alrededores de la urbe. El propio desarrollo de la ciudad fue eliminando las murallas, de las cuales sólo quedan apenas vestigios en la actualidad, sin embargo, fue incapaz de acabar con la tradición que los habaneros llaman “el cañonazo de las nueve”, utilizada por muchos para poner en hora sus relojes.

El Morro conserva una historia rica en leyendas y anécdotas, su visita nos permite trasladarnos a románticas épocas en donde personajes de extravagantes vestimentas luchaban por codiciados tesoros. Paseando entre sus sólidos muros somos testigos de trozos de belleza expresiva, de historia y de arte.

Destacados

La irregularidad de su trazo, aunada a su contexto envolvente, dejan a esta fortaleza sin estilo evidente en cuanto al campo de la arquitectura, quedando como un fuerte clasificado dentro de las variantes de la construcción defensiva hispanoamericana.

Para una estructura de defensa, como lo es dicho fuerte, la explotación del terreno en combinación con las pautas formales de la arquitectura bélica, la seguridad cifrada en planos, se torna composición de diseño y funcionalidad, lo que se traduce en arte defensivo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *