La posguerra española: evocaciones de un intrincado periodo de supervivencia

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postguerra“En dicho periodo las amas de casa hacían maravillas que ni la cocina de vanguardia ha logrado guisos sin carne, tortillas sin huevo, postres sin azúcar”.

Por Montserrat Piñeiro
Fotografía por Montse Marsè
 

Sombras de desolación y unas cuantas luces de tristeza son lo que deja toda guerra, independientemente de cifras y análisis de cada sector, lo común en toda sociedad dañada por una lucha armada es el hambre, la pobreza y la incertidumbre. España no escapó a tal situación en los años posteriores a 1939, una época que se recuerda como una de las más difíciles que la península ha experimentado. Las consecuencias de la guerra civil marcaron en gran medida la historia posterior española por ser excepcionalmente dramáticas y duraderas, veamos a continuación algunas de ellas:

Impacto demográfico

Las cifras resultantes de la guerra fueron y continúan siendo muy dispares, 500 mil muertos es el número que se acepta más cercano sin contemplar muertes por enfermedades y hambruna. Sin embargo, la duda continúa, afirmándose que la estadística se queda corta en contraste con la realidad. El aumento de la mortalidad y la baja natalidad fueron las constantes que perduraron durante varias generaciones, impactando gravemente en aspectos sociales, económicos y por supuesto demográficos, que el gobierno ha buscado subsanar hasta inicios del siglo XXI con la recuperación de la nacionalidad por parte de los hijos y nietos de aquellos que se vieron forzados a exiliarse, pues dentro de dicho grupo se cuentan más de 300 mil personas y los llamados “niños de la guerra”. Todo esto tuvo como consecuencia la pérdida de población joven, motor que significó una gran repercusión económica, productiva e ideológica.

La principales emigraciones registradas fueron a Francia, México y Argentina, además de otros países latinoamericanos como Cuba, en donde la comunidad gallega y canaria se estableció con amplitud. Cabe observar que la mayor parte de dichos exiliados y autoexiliados nunca más regresaría a la tierra del jamón y de los caldos riojanos.

Otra opción para emigrar fueron las ciudades europeas que requerían ser reconstruídas después de las guerras mundiales, aunque ello significara la necesidad de aprender la lengua local, lo cual era un reto no tan grande como buscar la supervivencia en España.

Consecuencias sociales

Los cuarenta fueron conocidos como los años del hambre, la espera en largas filas era pertinente debido al necesario racionamiento de productos tales como jabones, zapatos y comida, se precisaba algunas veces de horas para recibir los productos básicos. Los campesinos no sufrieron tanto dicha situación como las personas que habitaban en las ciudades debido a que  tenían acceso tanto al mercado negro como a productos de primera mano y realizaban intercambios entre sí. Dentro de los racionamientos entregados abundaban las patatas, los garbanzos, el camote o boniato, las sopas de pasta y el bacalao. El pan era casi un producto de lujo, recibiendo de vez en cuando 120 gramos del mismo, bien que era anteriormente un elemento básico en las mesas de la clase humilde. En escasas ocasiones se recibían trozos de chocolate terroso de mala calidad o carne de membrillo. En dicho periodo las amas de casa hacían maravillas que ni la cocina de vanguardia española ha logrado: guisos sin carne, tortillas sin huevo y postres sin azúcar.

Debido a la consolidación del poder de la oligarquía, el aumento de desequilibrios sociales fue notable, por lo que las clases proletarias llevaban siempre la peor parte en todos sentidos, siendo la clase media prácticamente inexistente.

En el campo de la política exterior, el periodo de la posguerra supuso el aislamiento de España y la retirada de los embajadores en varios países del mundo hasta los años 50, lo cual impactaba a la sociedad con un aislamiento aún mayor. Con menor posibilidad de ayudas e intervención mediadora, España quedaba a la deriva del mundo, como si fuese una isla en la mitad del océano. Las noticias que llegaban del exterior eran escasas, el contacto con la realidad era limitado a las vivencias dentro del país, se respiraba una especie de incomunicación y reserva social que pretendía influir en la ideología de la juventud remanente.

En el plano económico

Lo que siguió a la guerra fue una economía bastante agraria, consecuencia de la destrucción del tejido industrial. Vista la devastación de la cabaña ganadera, del parque automovilístico y de la industria ferrioviaria, España sufrió una marcada brecha en avances comparada con el resto de Europa occidental debido tanto al hundimiento económico como a la desaparición de las reservas de oro. La fuerza laboral se vio dramáticamente reducida debido a las muertes, la emigración y la fuga de cerebros; las exportaciones eran forzadas y las importaciones contadas. Y peor aún, la situación se volvió fatal con el azote de la sequía.

El autarquismo instaurado, es decir, el autoabstecimiento de productos para activar la economía local, al tiempo que se creaban empleos, se vio afectado con esta situación, colapsando aún más el sistema económico planeado por el gobierno. El estatalismo, lo cual significa el manejo de las industrias más importantes por parte del gobierno con la finalidad de favorecer el rendimiento empresarial y regular los salarios, tuvo como consecuencia la limitación del poder adquisitivo de los trabajadores, recrudecido aún más por el aumento de precio de productos ya que había mucho dinero circulando para subsanar las deudas, lo que provocaba inflación.

No fue sino hasta inicios de los años cincuenta, debido a las ventas realizadas a los países en guerra, que la situación mejoró y se construyeron presas, iniciando una ligera mejora en el nivel de vida general y obteniendo ayudas por parte de Estados Unidos al firmar el acuerdo que permitía a dicho país la utilización de bases militares españolas.

En las artes

La posguerra marcó el fin de la denominada “Era de Plata” de las letras españolas, la emigración de los intelectuales principalmente hacia América Latina, significó una gran pérdida de genios, poetas y escritores, que, aunada a la carencia de capital humano, dejó una península con muy escasa generación de riqueza cultural.

Lo que trajo la guerra fue una incalculable pérdida del patrimonio artístico, histórico e intelectual, se destruyeron alrededor de veinte mil edificios, entre ellos catedrales y ciudades enteras quedaron en ruinas, siendo imposible recuperar su acervo.

Se llevó a cabo, por supuesto, una importante ruptura de los movimentos culturales anteriores. En la literatura, los últimos autores de las generaciones del 27 y del 98 mueren durante y después de la guerra o bien, se entregan al exilio. Los jóvenes se encontraban privados de su inmediata tradición anterior y de las movimientos literarios del resto de Europa, estas situaciones dieron paso a dos importantes corrientes literarias: la llamada de posguerra, producida al interior de la nación y la literatura de exilio, construida con el trabajo de los autores que formaban parte de la emigración

Como podemos observar con la descripción anterior, toda posguerra tiene rasgos comunes, ya sean consecuencia de invasiones, conquistas, revoluciones o conflictos internos. Decenas de países del mundo atravesaron, durante el siglo XX, un periodo especial marcado por hambre y escasez, lo cual nos demuestra esa cercanía entre pueblos de oriente y occidente, esa solidaridad y entendimiento que deben existir al identificarse nuestras penurias compartidas y esa historia que nos quema la memoria, ya sea en Corea, en España o en cualquier rincón del mundo. La humanidad ha sido puesta a prueba en varias ocasiones, lo que nos ha obligado a pasar por periodos de renovación que demuestran nuestras fortalezas físicas, morales y espirituales.

 

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