Corea y Colombia: una historia por vivir, una historia por construir

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“La hermandad que hoy une a las naciones de Corea del Sur y Colombia, y que es exhibida con mucho orgullo ante el mundo, nació en el contexto de la guerra”.

Por Julieth Barrera Caparroso

Imagen ilustrativa

Durante el principio y mediados del primer milenio de la era común, fue casi inimaginable una relación bilateral entre lo que hoy es Corea del Sur y América Latina. Sus situaciones geográficas y sus respectivas organizaciones socioculturales hacían de estos dos territorios zonas de difícil acceso. Los trayectos y comunicaciones que podían establecerse entre estos dos territorios eran nulas debido a que una zona era completamente desconocida para la otra y viceversa. Esto lo sabemos, debido a que los conocimientos históricos modernos ratifican que la existencia de América fue dada a conocer al mundo por parte de los europeos y porque la tecnología de los medios de transportes marítimos de las culturas que habitaban los territorios de la Península de Corea del Sur y América del Sur antes de la época de su descubrimiento hacían imposible una ruta de comunicación por el Pacifico. Sin embargo, siempre lo más sano es la duda.

La distante ubicación de estas dos sociedades, sumada a la carencia de tecnología de comunicaciones y la falta de transporte avanzado para acercar estos dos polos extremos del planeta (si miramos por el océano Atlántico y Europa) fueron la barrera principal del intercambio sociocultural y económico durante el paso de los milenios. Fue solo hasta mediados del siglo XX de nuestra era que pudo haber acercamientos políticos o relaciones internacionales entre estos dos territorios extracontinentales.

Suele resultar muy extraño para muchos que, a pesar de este vacío histórico, hoy Colombia y Corea del Sur se llamen entre sí “naciones hermanas” y que este título no lo comparta Corea con ninguna otra nación de la América Hispana. ¿Qué motivó este vínculo de hermandad? ¿Cómo nacieron y se desarrollaron las relaciones entre estas dos naciones de poca cercanía geográfica? ¿Cómo han asumido sus relaciones políticas en los comienzos del segundo milenio? y ¿cuáles son los retos de crecimiento y desarrollo social de estas dos naciones hoy? Veamos aquí las respuestas.

La hermandad que hoy une a las naciones de Corea del Sur y Colombia, y que es exhibida con mucho orgullo ante el mundo, nació en el contexto de la guerra. Entre los años 1950 y 1953 Corea del Sur enfrentaba una fuerte situación político-militar con su país vecino Corea del Norte, una invasión se aproximaba al Estado surcoreano, quien no dudó en dar respuesta militar inmediata y a la vez solicitar la intervención del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Manifestándose sin tardanza, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas expidió una resolución en la que solicitaba el retiro del Ejército norcoreano y al mismo tiempo solicitó la participación y apoyo de todos sus miembros. Bajo la dirección de Estados Unidos, se instó a los Gobiernos latinoamericanos para que integraran las fuerzas militares multinacionales, pero contrario a los resultados esperados, la mayoría de los países se mostraron indiferentes y de los dos que dieron una respuesta favorable solo uno insistió y efectivamente dio su apoyo político y militar: Colombia. A pesar del costo que esto implicaba y del riesgo que se asumía al incluir en la estrategia militar de Corea del Sur tropas técnicamente atrasadas y de formación y orden completamente diferente, Colombia nunca titubeó en enviar un número considerable de hombres para defender la soberanía y la libertad de la nación surcoreana. Esta decisión fue tomada por el Estado colombiano bajo su propia responsabilidad política y presupuestal, pues fue la condición impuesta para su participación en la guerra.

Algunos críticos políticos afirman que esta decisión de Colombia, en un momento en que también enfrentaba crisis económica interna y un grave conflicto violento entre partidos políticos, fue para congraciar al Gobierno norteamericano y figurar en el panorama político internacional. Sin embargo, el análisis de datos nos permite reflexionar y afirmar que una motivación fundamental de la participación colombiana en la guerra de la Península de Corea fue la de renovar la capacidad estratégica y de combate del Ejército nacional accediendo a la tecnología desarrollada por Estados Unidos. Aun cuando este tema es objeto de investigación y exploración académica, lo que sí tenemos con profunda certeza hoy es que, a partir de esta ayuda a la defensa de la libertad, la soberanía y la autodeterminación de Corea de Sur, se sembraron los cimientos de una relación de hermandad entre estas dos naciones que ha terminado reflejándose en múltiples contextos de cooperación internacional.

En la década de los sesenta empezaron las relaciones diplomáticas entre Colombia y Corea del Sur, sin fortalecimiento contundente de las mismas, ya que ambos países enfrentaban revueltas políticas internas que les impedían concentrarse en el panorama internacional productivo. Durante los extensos períodos del Conflicto Armado Interno en Colombia, fue evidente la primacía de la relación económica y política con Estados Unidos por lo que al mismo tiempo fue notorio que los intereses y necesidades no incluían a Asía en el panorama mediático colombiano. Corea, por su parte, también pasaba por circunstancias militares internas y externas que requerían su completa atención, pero que al mismo tiempo serían el contexto que les permitiría la apertura de la puerta a hacer parte de las Naciones Unidas y ampliar sus relaciones políticas con el mundo, incluida América Latina.

La necesidad de establecer relaciones económicas internacionales sin la extrema dependencia a Estados Unidos llevaron a Corea del Sur a reevaluar y replantear su política exterior y sus relaciones diplomáticas, lo que terminó con respecto a Colombia en el establecimiento de una sede diplomática permanente en Bogotá D.C. en el año 1973.

A partir de este año, las relaciones bilaterales entre Corea del Sur y Colombia se han venido dando a paso pausado pero decidido: se han establecido acuerdos culturales, de cooperación, intercambio de becas y reciprocidad comercial que culminaron en la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre las dos naciones y su entrada en vigencia en el 2016.

Esto sin duda alguna no simpatizó a los microempresarios colombianos. Por un lado, estos argumentaban que Corea es una de las economías más fuertes del continente asiático y el valor de su moneda es superior al peso colombiano. También afirmaban de manera contundente que la industria surcoreana en materia de electrodomésticos y de comunicaciones cuenta con una tecnología superior a la colombiana y, por tanto, más competitiva y que Colombia no contaba con el nivel técnico y económico requerido para establecer acuerdos en términos de igualdad. Sin embargo, haremos aquí varias anotaciones importantes en favor de los acuerdos e intercambios comerciales.

Corea del Sur registra en su última década un crecimiento constante de importaciones de alimentos, cuestión que, sin duda, puede ser un contexto en beneficio para Colombia quien ofrece una variada gastronomía y productos alimenticios. Es quizá por esto que los caficultores y porcicultores celebraron la noticia del tratado. Asimismo, entendiendo que Corea del Sur es importador neto, Colombia encuentra un gran espacio para competir con su producción de aceites minerales, manufactura de cuero, confecciones, derivados de café y químicos orgánicos. Hay espacio para competir, no hay duda. Sin embargo, para que un Tratado de Libre Comercio (TLC) surta ganancias y crecimiento para las partes que lo suscriben es necesario por un lado disponer del capital para el costo logístico que implica las relaciones económicas en países tan distantes territorialmente, al igual que es fundamental la democratización y colectivización de los medios de producción en toda la nación y el control eficaz de la formación de monopolios por parte del Estado, cuestión en la que ambos países deben trabajar de manera profunda y permanente. A esto se le suma la necesidad de estrechar la brecha del idioma y la cultura, colombianos y coreanos son abismalmente diferentes y aunque es evidente que en medio del Tratado de Libre Comercio (TLC) los intercambios educativos, a través de las embajadas, las Universidades Coreanas, la Secretaría de Educación del Distrito Capital y los nuevos centros de aprendizaje de idiomas asiáticos, han venido trabajando con mucho esfuerzo en esta materia, aún nos falta mucho por construir.

Un intercambio político y económico conlleva necesariamente uno cultural y educativo. Por tal motivo, iniciadas ya las relaciones politocoeconómicas es ineludible empezar a reflexionar dentro del contexto de la academia cómo deben regularse estas relaciones y cuáles son los límites del intercambio politoeconómico y sociocultural.

Si bien este intercambio sociocultural se ha forjado en las generaciones más jóvenes al interior de la cultura k-pop, k-drama y otras producciones de entretenimiento y arte coreano, existe una gran necesidad de ampliar el marco educativo incluyendo debates filosóficos y  éticos que conlleven a que las relaciones entre las dos naciones se desarrollen bajo los valores de equidad, solidaridad y libertad.

Partiendo de este punto, concluimos entonces que el reto no solo es económico, sino también filosófico y científico. No nos queda más que darnos a la tarea de vivir esta nueva relación de hermandad entre Corea del Sur y Colombia quienes todavía tienen una historia por vivir, una historia por construir.

Fuentes:

Entra en vigencia Tratado de Libre Comercio de Colombia y Corea del Sur

Los retos del TLC entre Colombia y Corea, ¿quiénes ganan?

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