Tongyeong-si No del todo el Nápoles de Oriente

Share Button

Tongyeong-si No del todo el Nápoles de OrientePor Chris Cusick de The Lost Lens Photography

Traducido por Lilian Florian

La Guía Oficial de Turismo de Corea fomenta el lema “Imagina tu Corea” [en inglés, “Imagine your Korea”] en su última campaña “Visita Corea” [en inglés, “Visit Korea”]. Uno sospecha que un poco de demasiada imaginación puede ser culpable de llamar a la pequeña ciudad de Tongyeong-si “el Nápoles del Oriente”. De dónde se deriva esta famosa mentira es totalmente un misterio para aquellos que han visitado la ciudad. ¿Qué fue entonces lo que dio vida a esta curiosa comparación?

Uno puede sospechar que la esencia de la cruda conexión se encuentra en la geografía de las dos ciudades. Ambos son ciudades portuarias “pintorescas” de cafés y galerías que surgen bajo la sombra de elevadas montañas. Por eso, también son ciudades con un encanto pícaro menos frecuentadas por turistas internacionales,  siempre eclipsadas por las muy  idealizadas ciudades de Roma, Venecia y Florencia, o por el palpitante ritmo de Seúl y Busan. Son igualmente famosas por sus peculiares dialectos regionales: los cortos artículos del dialecto napolitano y el apasionado pero gutural gangueo del dialecto de Gyeongsang. Ambos exhiben la arquitectura derruida de una era pasada: Nápoles, los restos del Imperio Romano; Tongyeong, las olvidadas dúplexes prefabricadas del movimiento Sae-Maeul. A pesar de estas similitudes, sin embargo, las ciudades están muy lejos una de la otra en más que distancia.

Tongyeong es una tranquila ciudad costera en la costa sur de Corea que ocupa la extremidad montañosa de la península de Goseong. El ritmo de vida es lento, y uno nunca puede realmente descubrir en dónde se esconden los 135,000 habitantes de la ciudad. Así es la misteriosa tranquilidad en Mujeon-daero, la ruta principal hacia la ciudad, la mayor parte del día. Esta tarea se vuelve, al menos en parte, más fácil en la noche cuando una buena parte de la población local puede ser encontrada durmiendo en la calle, luciendo grises overoles de astilleros en crisis y bebiendo ocasionalmente de una botella de soju sin terminar. El tráfico por la autopista 14 aumenta solo al final de la tarde, alimentando el centro residencial de la ciudad, compuesto por los Grandes Almacenes Lotte, dos boleras rivales e igualmente llenas de problemas, un cine sobre un gran almacén abandonado y un Starbucks. Los restaurantes y tiendas son numerosas aunque no hay comida occidental aceptable de ningún tipo, excepto quizás McDonald’s, considerada aceptable solo los domingos por la mañana en aquellos tiempos de desesperación resacosa de unos veinte expatriados que viven allí, todos los cuales reciben un estatus de celebridad debido a su “exotismo.” Simplemente el subirse al bus local es suficiente para causar latigazo cervical a los pasajeros ancianos de piernas arqueadas que van cargando sacos de vegetables y girando sus cabezas como búhos chequeando sus flancos. La falta de seria usurpación extranjera ha ayudado a la ciudad a mantenerse decididamente coreana.

Nápoles, al contrario, es la meca del multiculturalismo, una metrópolis arcaica en expansión con más de cuatro millones de almas, solamente superada en tamaño por Milán. El centro histórico fue designado Patrimonio de la Humanidad por UNESCO y compite con Roma por los restos del imperio. Pero la ciudad es, en general, un caos congestionado y cacofónico de vespas y peatones aparentemente suicidas; un laberinto de callejones sucios; un centro cosmopolita de alta cultura, galerías extravagantes, y cafés sirviendo solo el café más fino. Es una ciudad de obstinación dominante, provocándole: “Más rápido. Más rápido.” Presento esto, no como una treta astuta o un intento de empañar su opinión de la capital de Campania sino más bien lo contrario, de hecho, porque Nápoles es totalmente fascinante casi del mismo modo que las grandes ciudades. Más bien, mi intención es hacer un simple contraste con Tongyeong. Estas son ciudades difícilmente hechas a la imagen de la otra.

Al evaluar Tongyeong, uno solamente necesita considerar su slogan “Tierra de Mar” [en inglés, “Land of Sea”] para determinar que la ciudad no debe ser juzgada en base a su monotonía, como el centro Suburgatory, o comparada con la ininterrumpida vida en Nápoles. Sobresaliendo en las azules aguas litorales del Parque Nacional Marino Hallyeo, Tongyeong es una ciudad muy característica por el océano que la rodea por tres lados. Es una ciudad que calma el alma con su aire de vida insular, donde uno podría ser perdonado por creer que está completamente separado del continente.

De hecho, una gran parte de ella, unas 150 islas extendiéndose hacia el Pacífico tan lejos como el ojo humano alcanza a ver, están dispersas como fragmentos de jade en una sábana de raso azul; solo un cuarto de ellas está habitado. Los pocos residentes permanentes que ocupan las tranquilas aldeas isleñas permanecen muy impasibles en su lejanía, un aislamiento sin preocupaciones, ganándose la vida del flujo y reflujo del turismo. No se necesita publicidad; los canales turquesa de acantilados kársticos elevándose hasta los impecables cielos azules son famosos por ser una de las más impresionantes vistas en Corea.

Una red de transbordadores viejos conecta a los isleños con los del continente, entregando no solo sustento que no puede crecer en esas tierras distantes azotadas por los vientos, sino también turistas que buscan sus orillas para recargar sus pilas agotadas por la ciudad. Con un kimbap envuelto en papel de aluminio en la mano, los turistas disfrutan de la brisa del mar. Con una mirada entusiasta en sus caras, se dirigen al histórico Hansan, a las playas de arena blanca de Bijin, o a los acantilados abatidos por el clima de Deungdaeseom de imponente forma escarpada que el mar besa en su base. Deungdaeseom está conectada a la isla de Somaemul por un puente terrestre transitable solo en la bajamar. Sus hijos cierran la comitiva con brazos extendidos hacia la popa del barco, dando de comer boquitas de camarón a un batallón de gaviotas.

Aunque Nápoles tiene sus propias islas (D’Ischia, Capri, y Pròcida), hay poca competencia entre ella y la Tierra del Mar. La montaña Mireuk, la más alta cima en la ciudad, es una isla en sí misma, de donde uno puede verdaderamente apreciar a Tongyeong como una tierra de islas. En la cumbre, si usted mira al norte, se encontrará con el gris omnipresente de los apartamentos coreanos de aspecto lúgubre, aun en la más magnífica luz dorada del atardecer. Pero, tome tiempo para dar media vuelta y verá por qué los turistas se amontonan allí. El sol rojo abrasador se oculta por el cielo naranja, eventualmente descendiendo al Pacífico detrás de un sinnúmero de siluetas de islas. Atardecer Nirvana. No puedo pensar en un mirador más bello de donde observar la última luz del día desvanecerse.

Aunque esta montaña rodeada por agua sirve para enfatizar las diferencias, ella también domina la vista de la ciudad casi de la misma forma en que el Vesubio se eleva sobre Nápoles. ¿Podrían los secretos de la similitud encontrarse en las cumbres que presiden sobre las ciudades? Hoy en día, las montañas son, en gran parte, escapadas turísticas: el Vesubio con autobuses llenos de norteamericanos colorados en sandalias y calcetines; Mireuksan con clones vestidos de The North Face en sus teleféricos y con su alegría contagiosa, persuadiendo a los pocos turistas internacionales que se ven en la región para participar en sus celebraciones samgyeopsal con pequeñas parrillas de gas en la cumbre y tentándolos con una dosis de makgeolli a media mañana. Es la historia de las montañas, sin embargo, la que más me interesa. Son ellas las que son responsables de dar forma al destino de sus respectivas ciudades.

Extendiéndose 1,281m sobre el humo de la ciudad, el Vesubio necesita una pequeña introducción. Famoso por devastar la ciudad de Pompeya en el año 79 d.C., se dice que erupciones más grandes y potentes antedatan la historia escrita, y hasta la fecha, el volcán permanece activo. El volcán se eleva sobre la ciudad como un recordatorio de la debilidad del hombre, un testimonio de la madre naturaleza reinante y suprema. La civilización puede haber prosperado en sus tierras fértiles, pero sigue allí a su merced. Aunque esta montaña mediterránea se empapa evidentemente de historia, está definida por destrucción.

Las cumbres cubiertas de abetos de Tongyeong, sin embargo, la rodean como ángeles guardianes, formando una barrera natural contra los elementos y protegiendo sus bahías. Cuando vientos violentos de un tifón del verano llegan del sur, flotas de barcos buscan refugio en las aguas cristalinas tranquilas de Tongyeong, donde raramente hay una onda. Fue la posición ventajosa de esos canales la que influyó la historia de la ciudad, la cual siempre estará entrelazada con la del querido y reverenciado almirante coreano Yi Sun-shin. Tongyeong funcionó como su campamento de base durante la Guerra Imjin cuando las escasas fuerzas coreanas fueron superadas en número en gran medida tanto en tierra como en el mar al invadir la horda de japoneses. Las valerosas hazañas del almirante Yi fueron suficientes para grabarlo casi literalmente en la historia coreana. Hoy en día, su estatua se yergue orgullosa en la plaza Gwanghwamun en Seúl. No es necesario ir muy lejos para encontrar símbolos de su legado. Réplicas de sus “barcos tortuga” revestidos de hierro y sus arietes adornados con dragones lanzallamas se encuentran ancladas en Gangguan, el colorido puerto de Tongyeong de las barcas de pesca y los cafés. Se dice que apenas una docena de esas revolucionarias hazañas fueron suficientes para aventajar y diezmar a toda la flota japonesa, enviando al famoso agresor, Hideyoshi, disparado al Nippon. La victoria sobre el antiguo enemigo todavía se conmemora hasta la fecha en el Festival Hansan de la Gran Batalla, realizado cada agosto, durante el cual el puerto se vuelve un atolladero de gente y comerciantes vendiendo bocadillos. Nápoles, a propósito, está en su época más silenciosa durante agosto.

Aunque cada ciudad portuaria a lo largo de la costa sur asegura estar vinculada con el almirante, el vínculo con Tongyeong es indisputable. En un cerro con vista a la bahía, usted encontrará a Tongje Sayeong, el antiguo puesto de mando del almirante, y Sebyeonggwan, un salón de madera perfectamente conservado en el punto más alto del complejo, de donde el almirante observaba la batalla. En las cercanías, usted encontrará a Chungryeolsa, un templo construido en su honor. Cerca de allí, la isla de Hansan es visitada, no solo por sus playas de piedras y serenidad, sino también por Jeseungdang, donde el almirante Yi divisaba el mar y planeaba estrategias para las futuras batallas. Gran parte de la ciudad sirve como recordatorio de su gloria.

Aun así, Tongyeong tiene restos de un pasado turbulento. El faro de Deungdaeseom, uno de los sitios más fotografiados del país; el túnel submarino, el primero en Asia; y el campo de prisioneros de guerra en Hansan. Todos son recordatorios de la ocupación japonesa en el siglo XX, quizás el período más problemático en la historia coreana, y una guerra que está presente en la mente de los ancianos. Pero los japoneses hicieron estragos en más lugares aparte de Tongyeong. La historia de la ciudad es celebrada, no lamentada, ya que brilla como un modelo para los coreanos de una de las pocas pero de las más gloriosas victorias en la rivalidad más antigua y encarnizada.  Es una guerra que permanece en la mente de los ancianos coreanos. Las atrocidades de los japoneses probablemente nunca serán olvidados, pero tampoco las proezas en el mar del hijo más famoso de la nación.

Es verdad que Nápoles también tiene una buena tradición marinera. Puede que le falten las ilustres victorias navales, pero ahora funciona como un puerto comercial bullicioso, de hecho, uno de los más grandes en Europa, haciéndose cargo de 10,000 toneladas de cargo y millones de transbordadores de pasaje cada año. Pero Tongyeong es difícilmente un centro de comercio. Sus sinuosos canales con peligros sumergidos no son lugar para un gran buque comercial; el fácil acceso ofrecido por el puerto de Busan, el puerto comercial más grande del país, es una opción más atractiva a solo 70km. La reputación de la ciudad como un gran astillero, aunque históricamente extendiéndose más allá de los revolucionarios barcos tortuga, ahora declina conforme los astilleros más pequeños carecen de trabajo, cayendo presas de los gigantes Samsung y Daewoo que operan en el vecino Geoje-do. Aunque el destino de Tongyeong permanece intrínsecamente ligado a las aguas que lo rodean, la relación entre el hombre y el mar ha evolucionado dramáticamente desde los días de gloria, cambiando a una de dependencia con el mar como proveedor. De hecho, la gran mayoría de barcos cansados que realizan sus actividades pertenecen a pescadores, cuyo sustento depende de la abundancia de mariscos allí. Ellos pasan sus días capturando mariscos en el lecho marino. Aunque es fácil tratar la expresión “Tierra del Mar” como una expresión de cariño, como una aprobación a la orgullosa tradición como una central naval, podría haber sido fácilmente una admisión por falta de alternativas. Así como la comunidad internacional evita los maricos del Pacífico con radiación tras el accidente de Fukushima, el mercado de exportación está luchando por mantenerse a flote y los coreanos tienen más de una razón para quejarse de los japoneses. El declive del sector pesquero es bastante preocupante porque Tongyeong es una ciudad de mariscos, y sin ellos, pronto podría estar devastada.

Más de un país costero de Europa obtiene su dieta de las aguas templadas sin mareas del Mediterráneo. ¿Podría, entonces, ser la comida el elusivo enlace? Por supuesto, Nápoles ha sido de gran influencia en la cocina mundial, famosa como el lugar de nacimiento de la pizza. ¿Cómo pueden, entonces, compararse las comidas regionales? Aunque de otra masa, el pan de miel, una delicia esférica rellena de pasta de judía roja, frita en aceite y bañada en un jarabe pegajoso se vende por Gangguan como la delicia de la región, lo cual parece exagerado. Pero en ambas cocinas, la carne se usa con moderación; el calamar, el pulpo, las anchoas y los crustáceos se disfrutan tanto en Nápoles como en Tongyeong, donde los mariscos son un manjar. De hecho, casi el 70% de la pesca anual de ostras del país, una especialidad regional, se realiza en las aguas que bañan la península de Goseong. Hasta los habitantes asiduos de las rocas están en demanda allí; se pueden ver mujeres ancianas armadas con cubetas y botas de lluvia, sacándolos del escabroso paseo marítimo mientras la marea baja. Sin embargo, la forma en que se consumen los mariscos es diferente. En Italia, uno espera encontrar esos manjares salados como ingredientes en una pizza o servidos con pasta al dente. Al contrario, los residentes de Tongyeong tienen, en general, un enfoque menos exigente. Secos, hervidos, al vapor, fermentados, salados, condimentados con pasta picante de chile rojo, en rodajas y crudos, consumidos enteros, y en algunos casos, aun retorciéndose. Usted encontrará todo en el mercado tradicional de peces vivos de Tongyeong en Jungang, donde se encuentran los mariscos más frescos. Es un festín para todos los sentidos, y totalmente, la prueba de fuego en la cocina costeña coreana. Sin duda, el mercado no es lugar para los remilgados ya que ancianos cortan y pican pequeños pulpos sacados de cubetas plásticas rojas. Las aletas caudales salpican agua a los caminantes, y el piso del mercado se empapa de agua de mar. Restauradores en el mercado le pedirán escoger su propio pescado antes de masacrarlo ante sus propios ojos y servirlo como hoe, pescado crudo en rodajas servido con un dip de wasabi que se disfruta mejor con soju. Es muy diferente a los café-restaurantes de Nápoles.

En un último intento desesperado para comparar, uno debe regresar a la escena del arte porque se dice que ambas ciudades tienen pasión por las artes. Nápoles tiene a Bernini; Tongyeong cuenta con Yu Chi-hwan, Jeon Hyuk-lim, y Yun I-sang, poeta, pintor y compositor, respectivamente. Cómo uno evalúa los méritos artísticos de una ciudad y los de otra es demasiado para mis ojos inexpertos, y por eso, no intentaré hacerlo. Sin embargo, la geografía simple está a mi alcance. Aunque la línea 2 del sistema de metro de Nápoles posee instalaciones de arte gratis por todos lados, está es la excepción, no la norma en Nápoles, la cual es una ciudad de galerías a la moda que guardan algunas de las colecciones de arte más finas del mundo. Al contrario, la escena de arte de Tongyeong se encuentra principalmente en sus calles. El Festival Internacional de Música de Tongyeong, que se celebra anualmente en marzo en honor a Yun I-sang, es un concierto gratuito al aire libre para las masas. La aldea Donpirang es otro éxito de público. Es un laberinto de callejones, abarcando la cima que domina Gangguan. La aldea se había deteriorado; era otra baja en la historia de la urbanización coreana. Amenazada con ser demolida, los artistas locales se unieron para salvar la aldea como un espacio para arte mural, la cual ahora figura entre las principales atracciones turísticas de la ciudad. Allí, usted encontrará jóvenes amantes de la escuela secundaria, caminando mano a mano con palos para selfies a mano y dando vueltas por las peculiares instalaciones temporales y los cafés kitsch en la cima del cerro. Los artistas a los cuales la aldea debe su existencia pueden ser encontrados esbozando caricaturas en el lado oeste del cerro que ve hacia el puerto, una vista arruinada solamente por el monstruoso Hotel Napoli. ¡Oh, qué ironía!

Hay aquellos que han intentado esconder la identidad de Tongyeong bajo la sombra de otra. Si usted perdonará la necesidad del sector turístico por encontrar una semejanza, liberando así a la ciudad de Tongyeong de las cadenas de su comparador, usted encontrará su merecida oportunidad para cautivar a todos por sí misma. Una mezcla embriagadora de historia legendaria, un encanto rústico, pero pícaro, y un impresionante paisaje.

Como el dicho dice: “En Nápoles, se llora dos veces”. Cuando uno llega y cuando uno parte. Quizás está es la única comparación aceptable con Tongyeong, donde se llora al llegar, confundido por el alboroto y seguro en sus convicciones de que este lugar no tiene nada parecido con su “equivalente” italiano. Y de nuevo, cuando uno parte, luego de permitir que los alegres isleños moldearan su forma de pensar de la vida, luego de dejar que el tranquilo ritmo de vida se volviera parte de usted, y luego de concluir que Tongyeong es como ningún otro lugar en la tierra. Tongyeong no es Nápoles. Tongyeong es Tongeyong y es absolutamente incomparable.

 

Tongyeong-si: The “Not-Quite-Napoli” of the Orient

By Chris Cusick of The Lost Lens Photography

“Imagine your Korea,” encourage KTO in their latest Visit Korea campaign. One suspects a little too much imagination might be to blame for dubbing tiny Tongyeong-si ‘the Naples of the Orient.’ Quite where this famous falsehood stems from is at best a mystery to those who’ve visited the city. What, then, gave life to this curious comparison?

One suspects the crux of the crude connection lies in the geography of the two cities. Both are “quaint” port cities of cafes and galleries that loom under the shadows of towering mountains. So, too, they are cities of roguish charm less-frequented by international tourists, ever-upstaged by the much romanticised Rome, Venice, and Florence, or the throbbing pulse of Seoul and Busan. Equally famed are they for their peculiar regional dialects: the clipped articles of Neapolitan; and the passionate yet guttural Gyeongsang twang. Both boast the crumbling architecture of a bygone era: Naples, the remnants of the Roman Empire; Tongyeong, the forgotten pre-fab duplexes of the Sae-Maeul movement. Despite these convenient likenesses, however, the cities are a far cry from each other in more than just distance.

Tongyeong is a sleepy seaside city on Korea’s south coast, occupying the mountainous extremity of the Goseong peninsula. The pace of life is slow, and one can never quite work out where the city’s 135,000 inhabitants are hiding, such is the eerie tranquility of Mujeon-daero, the main route through town, for most of each day. This task becomes at least a fraction easier at night, when much of the local populace can be found asleep in the street sporting the grey overalls of the struggling shipyards, nursing an unfinished bottle of soju. The traffic along Highway 14 swells only in early evening, feeding the city’s new, largely-residential downtown, comprised of a Lotte Department Store, two rival and equally-downtrodden

bowling alleys, a cinema above an abandoned department store, and a Starbucks. Restaurants and convenience stores are plentiful, though there is no passable Western food of any kind, save perhaps McDonalds – deemed acceptable only by those moments of hungover desperation that flavour the Sunday mornings of twenty or so expats who live here, all of whom are afforded minor celebrity status by virtue of their “exoticness.” Simply clambering aboard the local city bus is sufficient to cause whiplash in the bow-legged elderly passengers carrying sacks of vegetables, the swivelling of their heads not unlike an owl checking its flank. This lack of serious foreign encroachment has helped keep the city decidedly Korean.

Naples, conversely, is a mecca of multiculturalism, a sprawling, archaic metropolis of over four million souls, bested only in size by that of Milan. The historic centre is designated a UNESCO World Heritage Site and rivals Rome in its remnants of the Empire. Yet the city at large is a congested, cacophonous chaos of Vespa scooters and seemingly suicidal pedestrians; a labyrinth of tattered alleyways; a cosmopolitan hub of high-culture, of quirky galleries, of terrace cafes serving only the finest coffee. It is a city of dominating relentlessness, taunting you, “Faster. Faster.” I offer this not as cunning ruse, an attempt to tarnish your opinion of the Campanian capital. Quite the opposite, in fact, for Naples sounds utterly exhilarating in much the same way as all large cities do. My intention, rather, is to draw simple contrast with Tongyeong. These are cities hardly made in one another’s image.

In assessing Tongyeong, one need only consider its slogan, “Land of Sea,” to determine that the city not be judged on its drab, Suburgatory downtown, nor compared with the non-stop throng of life in Naples. Jutting out into the littoral blue waters of the Hallyeo Marine National Park, Tongyeong is a city very much characterised by the ocean that surrounds it on three sides. It is a city that soothes the soul with its air of island life, where one could be forgiven for believing it entirely separate from the mainland

In fact, much of it is, with 150 or so islands stretching out into the Pacific as far as the eye can see, scattered like shards of jade on a blue satin sheet, only one quarter of them inhabited. What few permanent residents populate the quiet island villages are quite unperturbed in their remoteness, a care-free isolation, making a steady living from the ebb and flow of tourism. No advertisements needed, these turquoise waterways of karst cliffs rising into the faultless blue skies are renowned as some as the most stunning vistas in Korea.

A network of ageing car ferries connects the islanders to the mainland, delivering not only sustenance that cannot be grown in these windswept outlying lands, but also the tourists that seek their shores to recharge their batteries drained by the City. A foil-wrapped gimbap in hand, they revel in the ocean breeze, a look of eagerness upon their face as they taxi to historic Hansan, the white sand beaches of Bijin, or the weather-battered cliffs of Deungdaeseom thrusting sheer form the ocean lapping at its base, connected to Somaemul Island by a land bridge traversable only at low tide. Their children bring up the rear, arms extended over the ship’s stern, feeding shrimp chips to a battalion of gulls.

While Naples is not without islands of her own (isolas D’Ischia, Capri, and Pr cida), she offers little competition to the Land of Sea. Mt. Mireuk, the city’s tallest top, is an island unto itself, wherefrom one can truly appreciate Tongyeong as a land of islands. From the summit, gaze north and you’ll be met with the ubiquitous grey of Korean apartments, dismal-looking in even the most gorgeous of golden afternoon light. Yet care to turn tail and you’ll see why the tourists flock here; the burning red sun sinks through the bold orange sky, eventually lowering itself into the Pacific behind a myriad of silhouetted islands. Sunset Nirvana, I can think of no finer a perch from which to watch the day’s last light fade out.

While the water-ringed mountain serves here to highlight differences, it also dominates the city skyline in much the same way as Vesuvius towers over Naples. Could the secrets of similarity lie in the peaks that preside over the cities? Nowadays, the mountains serve largely as tourist getaways: Vesuvius with her busloads of red-faced North Americans in sandals and socks; and Mireuksan with her cable cars of North Face-clad clones and their infectious cheer, roping what few international tourists the region sees into their samgyeop celebrations on tiny gas-canister grills at the peak, tempting them with a mid-morning measure of makgeoli. It is the history of the mountains, however, that interests me most. For it is they that are responsible for shaping the destinies of their respective cities.

Stretching 1,281m above fumes of the city below, Vesuvius needs little introduction. Infamous for laying waste to the town of Pompeii in 79 AD, larger, more powerful eruptions are said to have pre-dated written history, and the volcano remains active even to this day. She stands over the city as a reminder to the frailty of man, a testament to Mother Nature reigning supreme. Civilisation may have prospered on her fertile lands, but it remains there at her mercy. Whilst this Mediterranean mountain is clearly steeped in history, it is one defined by destruction.

The fir-carpeted peaks of Tongyeong, however, surround her as guardian angels, forming a natural barrier from the elements and sheltering her bays. As the raging typhoon winds of summer roll in from the south, fleets of shipping vessels seek the safety of Tongyeong’s still-glassy waters, barely a ripple. It was a vantage point over these waterways that shaped the city’s history, which shall forever be intertwined with that of Korea’s darling, revered admiral Yi Sun-shin. Tongyeong served as his command base during the Imjin Wars, when the meagre Korean forces were heavily outnumbered both on land and at sea by the invading Japanese horde. The daring deeds of Admiral Yi were enough to have him quite-literally cemented in Korean history, his statue now standing proud in Seoul’s Gwanghwamun Square. One needn’t wander far for signs of his legacy, replicas of his iron-clad “turtle ships,” their battering rams emblazoned with fire-breathing dragons, are found moored in Gangguan, Tongyeong’s colourful harbour of fishing boats and cafes. Rumour has it that a mere dozen of these revolutionary craft were sufficient to outwit and decimate the entire Japanese fleet, sending famed aggressor, Hideyoshi, scarpering for the Nippon. Victory over the old enemy is still commemorated today in the Battle of Hansan Festival, held each August, during which the harbour becomes an impasse of crowds and vendors selling snacks. Naples, incidentally, is at its quietest in August.

While every port town along the south coast claims some link to the Admiral, Tongyeong’s is indisputable. For on the hill overlooking the harbour you’ll find Tongje Sayeong, the Admiral’s former command post, and Sebyeonggwan, the beautifully preserved wooden hall at the complex’s highest point, wherefrom the Admiral would survey battle. You’ll find Chungryeolsa only a stone’s throw away, a temple built in his honour. And nearby Hansan island is frequented not only for its pebble beaches and serenity, but also for Jeseungdang, where Admiral Yi would gaze out to sea and strategise for upcoming battles. Much of the city serves as a reminder to his glories.

Tongyeong is not without its remnants of a troubled past, however. The lighthouse at Deungdaeseom, one of the most photographed sites in the country; The underwater tunnel, Asia’s first; and the prisoner of war camp on Hansan, all are reminders of 20th century Japanese occupation, perhaps the most troubling period in Korean history, and a war that wages on in the minds of its elderly. Yet the Japanese wreaked havoc on more than just Tongyeong; this is why the city’s history is celebrated, not mourned, for it shines as a beacon to Koreans as one of the few yet most glorious of victories in their oldest, fiercest of rivalries. A war that wages on in the minds of Korea’s elderly, the atrocities of the Japanese will likely never be forgotten, but neither will the exploits at sea by the nation’s most famous son.

It is true that Naples, too, has a fine tradition of seafaring. It may lack the illustrious naval victories, but now serves as a bustling commercial port, one of the largest in Europe in fact, dealing each year with over 10,000 tonnes of cargo and millions of ferry passengers. Yet Tongyeong is hardly a hub for commerce. Her winding waterways of submerged perils is no place for a large commercial vessel; the ease-of-access offered by that of Busan, the nation’s largest commercial port, is a far more attractive proposition at just 70km away. The city’s reputation as a master shipbuilder, though historically extending long beyond the revolutionary turtle ships, is now in decline as the smaller yards are starved of work, falling foul of behemoths Samsung and Daewoo operating on neighbouring Geoje-do. Whilst Tongyeong’s destiny remains intrinsically linked to the waters that surround it, the relationship between man and sea has evolved dramatically since the glory days, morphing to one of dependency, with the sea as provider. In fact, the vast majority of tired vessels that ply their trade belong to the fishermen whose livelihood hangs on the abundance of seafood here, their days spent hauling shellfish from the ocean floor. While easy to treat “Land of Sea” as a term of endearment, as a nod to the proud tradition as a naval powerhouse, it could just as easily be an admission of a lack of alternatives. As the international community shun the radiation-rich Pacific seafood in the wake of Fukushima, the export marketing is floundering, and the Korean’s have yet one more reason to bemoan the Japanese. The decline in the fishing industries is rather troubling, for Tongyeong is a city of seafood, and without it, could soon be on its knees.

Many a coastal European country draw their diet from the warm, non-tidal waters of the Mediterranean. Could food, then, be the elusive link? Naples, of course, has been a major influence in world cuisine, famed as the birthplace of pizza. How, then, can the regional foods be compared? Though another dough, honeybread, a spherical treat stuffed with red bean paste, fried in oil and doused in a sticky syrup, is sold around Gangguan as the region’s delectable, this seems like quite the stretch. Yet meat is used sparingly in both cuisines; squid, octopus, anchovies and crustaceans are enjoyed as much in Naples as they are in Tongyeong, where shellfish is a delicacy. In fact, the waters around the Goseong peninsula account for something near 70% of the country’s annual haul in oysters, a regional specialty. Even shallow rock-dwellers are in demand here, and you can see elderly women armed with buckets and rain boots chiselling them off the rugged seafront as the tide recedes. The way in which seafood is consumed, however, is different. In Italy, one might expect to find the salty delicacies as topping on a pizza, or served with pasta al dente. The residents of Tongyeong, conversely, have an altogether less fussy approach. Dried, boiled, steamed, fermented, salted, spiced with pungent, red-hot pepper paste, sliced raw, eaten whole, and in some cases still wriggling; you’ll find it all in Tongyeong’s traditional Live Fish Market at Jungang, where the freshest catches are found. A feast for all the senses, and quite the baptism of fire in Korea’s coastal cuisine, the market is certainly no place for the squeamish as weathered old faces hack and chop at tiny octopi dragged from red, plastic buckets. Tail-fins splash water on passersby, and market floor is drenched with saltwater. Restauranteurs within the market will have you select your own fish before massacring before your very eyes and serving it as hoe, sliced raw fish served with a wasabi dip, and best consumed with soju. Quite a far cry from the cafe-restaurants of Napoli.

In one desperate last attempt at comparison, one must necessarily turn to the art scene, for both cities are said to have a soul for the arts. While Naples’ has Bernini, Tongyeong boasts Yu Chi-hwan, Jeon Hyuk-lim, and Yun I-sang, the poet, painter, and composer, respectively. Quite how one judges the artistic merit of a town against another’s is beyond my untrained eye, and so I shall not attempt it. Simple geography, however, is within my grasp. While Line 2 of the Naples subway system boasts free art installations throughout, this is the exception, not the rule in Napoli, which is a city of swanky galleries housing some of the world’s finest private collections of art. By contrast, Tongyeong’s arts scene is found primarily on its streets. Tongyeong International Music Festival, held annually in march in honour of Yun I-sang, is a free open air concert for the masses. Donpirang village is another public success. A labyrinth of alleys spanning the hilltop that overlooks Gangguan, the village had fallen into disrepair, another casualty in the story of Korean urbanisation. Threatened with demolition, the local artists rallied and saved the village as a space for mural art, which now ranks among the city’s major tourist attractions. Here you’ll find preppie young lovers strolling hand-in-hand, selfie sticks at the ready, winding through the quirky, temporary installations and kitsch hilltop cafes. And the artists to whom the village owes its survival can be found sketching caricatures on the west side of the hill that overlooks the harbour, the view marred only by the monstrous Napoli Hotel. Oh, the irony.

There are those who have attempted to throw Tongyeong’s identity under the shadow of another. If you’ll forgive the travel industry’s need for likeness, freeing the city from the shackles of her comparator, you’ll find her deserving of a chance to charm all of her own, an intoxicating blend of fabled history, a rustic yet roguish charm, and stunning scenery.

As the saying goes, “In Napoli, you cry two times.” When you arrive, and when you leave. Perhaps this is the only fair comparison with Tongyeong, where you cry upon arrival, confused as to what the fuss was about and clear in your conviction that the place is nothing like its Italian “counterpart.” And again, when you leave, after you allow its cheery island people to shape your outlook on life, after you allow the gentle pace of life to become part of your fabric, and after allowing yourself to conclude that Tongyeong is like nowhere else on Earth. Tongyeong isn’t Naples. Tongyeong is Tongeyong, and utterly incomparable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *