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Archivo · Historias y raíces

La Armada Invencible: la disputa de los reyes

Ilustración

Por Eduardo Luciano Tadeo Hernández

Las invenciones políticas son reflejo de las necesidades de quien tiene el poder de decidir. La época de reyes y reinas, justificada desde la visión del mandato divino, llevó a considerar en siglos pasados que la lógica de la corona era el modo por excelencia de gobernar y coexistir. Era un tiempo de súbditos, no de ciudadanos. En esta coyuntura, pasado naturalizado en la historia, dos deidades terrenales se sumergieron en una lucha por la expansión y el poder, fuente de inspiración de las teorías clásicas del realismo político.

Época de los imperios, lucha por el poder

Felipe II, conocido como “el Prudente”, fue un hábil hombre de su tiempo. Hijo del emperador Carlos I de España y de Isabel de Portugal, creció con destino: reinar a los hombres y mujeres. Logró especial victoria política consiguiendo la unidad ibérica con la anexión de Portugal y sus dominios, al hacer valer sus derechos sucesorios en 1581 en las cortes de Tomar. Completó de esta manera la tarea unificadora iniciada por los Reyes Católicos.

La visión política de Felipe le sugirió que, para garantizar el dominio perenne de sus territorios, requería alianzas terrenales, matrimonios por conveniencia. En este sentido se explican las nupcias a lo largo de su reinado: se casó primero con María de Portugal en 1543 y tras su muerte, con María I Tudor, reina de Inglaterra, en 1554. Su tercera esposa fue la francesa Isabel de Valois, en 1559 y al quedarse nuevamente viudo y sin herederos varones, se casó por cuarta ocasión, en 1570, con su sobrina Ana de Austria, madre del sucesor al trono español, Felipe III.

La muerte de María I Tudor trajo a sus noches imperiales un miedo a perder el poder divino en la tierra. La instauración en el trono de Isabel de Inglaterra pareció a Felipe II un atentado directo contra sus intereses. La nueva reina era hija de Enrique VIII y de Ana Bolena. Aunque fue declarada ilegítima antes de que su madre fuera ejecutada, en 1544 el parlamento reconoció nuevamente sus derechos sucesorios.

Similar a Felipe II, para Isabel de Inglaterra la infancia significó destino. Como gobernante fue fría, inteligente, culta y lúcida. Frente a las características personales, las de su reinado: absolutismo en el gobierno del país, reafirmación del protestantismo y firmeza en su liderazgo. Ante todo, mujer estratega; su visión expansionista la llevó a la empresa de conquistar regiones en el nuevo mundo, además de tomar control de Irlanda. Su acción imperial trascendió al grado de afectar el espacio vital de Felipe II, quien no dudó en usar su poder marítimo para acabar con la mujer de sus pesadillas.

Talasocracia, virtud de poderosos

En la época, el dominio sobre los mares se volvió el respaldo militar del poderío político de los imperios. Frente a tambores de guerra, la tecnología marítima serviría de apoyo a las mentes estratégicas que lideraban los proyectos navales. Felipe II, confiado en la majestuosidad de su armada invencible, ideó un plan para quitar a Isabel de Inglaterra de su trono. Pensó que podría doblegar a la mujer, intimidarla con cañones, barcos y hombres, olvidando que Inglaterra, geopolíticamente, tiene vocación hacia el mar.

Toda buena misión requiere de un buen liderazgo. El secretario del rey Felipe, Juan de Idiáquez, le envió una carta al conde de Medina Sidonia, Alonso Pérez de Guzmán, que le nombraba capitán general del mar Océano y le otorgaba el mando de la flota naval española asentada en Lisboa, con la responsabilidad de conquistar Inglaterra, en nombre de Dios y del rey. El conde argumentó inexperiencia en asuntos navales, además de ignorancia estratégica y táctica. Pero estos alegatos no influyeron en la decisión del rey, quien propició la bendición de la armada, defensora de la fe católica, a través de una ceremonia oficiada por el arzobispo de Portugal en el mes de abril de 1588. En una procesión majestuosa, celebrada después de la ceremonia, el conde de Medina Sidonia participó cargando una orla del estandarte real, en el cual se encontraba el escudo real de España, a un lado, la virgen, al otro, un Cristo crucificado y debajo de él una inscripción en latín, cuyo significado era: “Álzate, ¡Oh! Señor y defiende tu causa”.

La vocación religiosa de la armada, se creía, facilitaría una victoria frente a la Inglaterra protestante. Felipe creó un plan afanoso: con 130 barcos saldría la tropa de Portugal con destino a Flandes, para ahí recoger veintisiete mil soldados de los Tercios. De la península ibérica habían zarpado treinta mil hombres (diez mil marineros y veinte mil militares). La armada invencible, la mayor empresa marítima que la historia había visto, no contaba con dos problemas para cumplir con la misión: el mal tiempo y los ataques de la flota inglesa en el canal de la mancha. Tras no poder llegar a Flandes, deciden volver España rodeando las islas británicas.

La batalla entre las dos armadas fue ejemplar, más para Inglaterra que para España. Los ingleses contaban con barcos más rápidos y con hombres realmente entrenados en el arte naval, a diferencia de la compañía española, que estaba dirigida por un hombre visiblemente inexperto y con deficiencias en sus armas, pues mientras los proyectiles ingleses afectaron en gravelinas considerablemente a los buques españoles, los proyectiles españoles detonaban a mitad de camino, si es que detonaban del todo.

En esta guerra de titanes, los protestantes lograron afrontar victoriosamente el poder y la estrategia de la fuerza española de impronta católica. Después de las pérdidas humanas y materiales de la armada, el reinado de Felipe II inició un declive, mientras la corona británica, bajo la guía de ojos de mujer, logró fortalecerse para devenir en un poder mundial, posición que forjaría la llamada pax británica, estatus que eventualmente también sería arrebatado por otro poder más contemporáneo. Así eran los juegos de poder de los reyes y reinas de antaño. ¿Diferentes a las pretensiones de los líderes políticos de hoy?

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Ñ

Eduardo Luciano Tadeo

Firma histórica del archivo.