Leyendas coreanas: el sol, la luna y los tigres

Texto e ilustración por Mireya Harillo

Corea es un país rico en leyendas populares. Muchas fueron creadas para explicar la creación de algunos elementos de la naturaleza y de sus extraños o no tan extraños comportamientos. Entre ellos el sol y la luna se revelan como protagonistas de estas historias que, a su vez, cuentan con innumerables versiones desarrolladas a lo largo de los años. Los animales también son un recurso bien explotado en estas leyendas, entre ellos el tigre, el animal más representativo del país peninsular, se erige como estrella en un sinfín de historias.

Aunque es cierto que muchos de los personajes que a menudo aparecen en estas narraciones son seres humanos que viven en la Tierra, ya sean nobles o simples campesinos, los reinos de los cielos también están extensamente representados en ellas, ya que son el origen de la mayoría de las fuerzas sobrenaturales que acaban cambiando el destino de los moradores mortales.

En esta ocasión vamos a centrarnos en algunas de las historias más extendidas, protagonizadas por el sol y la luna. Asimismo, tendremos la ocasión de conocer las facetas típicas de los tigres en el folclor coreano.

De nuestras dos historias, la primera nos cuenta cómo fueron creados el astro rey y su indiscutible compañera, los cuales habían sido acechados por un tigre hambriento. En la segunda atenderemos a la explicación de los fenómenos celestiales más curiosos para el ser humano: el eclipse solar y el eclipse lunar.

Los hermanos que se convirtieron en el sol y la luna

Hace mucho tiempo, en una silenciosa aldea situada en lo más profundo de una villa montañosa, vivía una madre viuda y sus dos hijos pequeños, el niño era el mayor de los dos. La mujer trabajaba para mantener a sus hijos y acostumbraba a ir a aldeas cercanas para ayudar en otras casas.

Un día hubo un gran festival en un pueblo lejano, más lejos de lo que esta madre había ido nunca, y pidieron a la mujer que ayudara preparando el banquete. Cuando estuvo lista para marcharse, la madre advirtió a sus hijos:

– Niños, hoy tengo que ir a trabajar a otro pueblo. Mamá tiene que subir y bajar muchas montañas para llegar allí, por lo que tardaré más tiempo que de costumbre. Así que en cuento yo salga, cerrad la puerta y manteneos seguros mientras no esté en casa. No le abráis la puerta a nadie. Cuando vuelva traeré unos riquísimos pasteles de arroz.

Los niños asintieron y se despidieron alegremente, pensando en los pasteles de arroz que les había prometido su madre.

Pasaron las horas y la madre seguía sin regresar. Los niños nunca habían pasado tanto tiempo lejos de su madre, así que la más pequeña le dijo a su hermano, lloriqueando:

– Hermanito, tengo miedo, ¿por qué aún no ha vuelto mamá?

Pero el niño, quien estaba al cuidado de su hermana, la tranquilizó:

– No te preocupes. Recuerda que mamá ha ido a trabajar a una aldea que está lejos de aquí y tiene que subir y bajar muchas montañas para volver, por eso tardará más tiempo. Estate tranquila.

Ya había anochecido cuando la madre terminó su labor. Como había prometido, había preparado una gran cesta de pasteles de arroz para llevarla a casa y que sus pequeños los disfrutaran, así que se la colocó cuidadosamente en la cabeza y marchó en dirección a su aldea.

La mujer caminaba prudentemente, sabiendo que en cualquier momento podría aparecer un animal salvaje. Pero pensaba que sus hijos estarían asustados, esperándola pacientemente en casa, así que decidió no demorarse.

Ya había subido la primera montaña cuando de pronto, al llegar a la cima, un tigre saltó en mitad del camino, justo delante de ella, sobresaltándola.

En lugar de atacarla, el animal se acercó curioso y empezó a olfatear la cesta que llevaba en la cabeza. Al descubrir qué contenía, rugió:

– ¡¡Grrrruaaarrr!! Dame uno de esos pasteles que llevas y no te comeré.

– Grandioso tigre, he preparado esta cesta para mis hijos que me esperan en casa.

Pero al tigre no le importaba para quién eran los pasteles e insistió en comérselos.

Sin más opciones, la madre le lanzó rápidamente uno de los pasteles que había preparado amorosamente para sus hijos y salió corriendo lo más rápido que pudo.

Al llegar a la cumbre de la segunda montaña, el tigre volvió a aparecer y, una vez más, amenazó a la caminante. La mujer volvió a lanzar otro pastel de arroz a la fiera, que se marchó tranquilamente.

Para cuando llegó a la tercera cumbre el tigre ya la estaba esperando. Y una vez más, la pobre mujer lanzó un nuevo pastel de arroz a las fauces del salvaje animal.

En cada una de las cimas de todas las montañas que tenía que recorrer para llegar a casa, el tigre volvía a esperar a la madre y exigía otro pastel de arroz, hasta que la cesta se vació por completo y la mujer no tenía nada más que dar al felino cuando apareció por última vez:

– Dame uno de esos pasteles que llevas y no te comeré.

– Grandioso tigre, ya no tengo ningún otro pastel que darte – sollozó la mujer, en busca de compasión.

Pero el tigre no se apiadó de la triste mujer:

– ¡Entonces serás mi cena! – Rugió – y de un bocado la engulló en medio del camino.

Como el tigre seguía hambriento y recordó las palabras de la madre acerca de los niños que la esperaban en casa, se vistió con la ropa de la mujer y se dirigió hacia la pequeña casa con la intención de comerse a los niños.

En la vivienda, los hermanos seguían esperando a su madre sin imaginarse el destino que había sufrido. Cuando el animal llegó, tocó fuertemente a la puerta e, imitando la voz de la mujer, gruñó a través de ella:

– Niños, vuestra madre está en casa, ¡abrid la puerta!

Pero su voz, extrañamente aguda y áspera, alertó a los niños.

– ¡Qué extraño! Nuestra madre no tiene la voz tan ronca. – Replicaron.

– Oh, es por el frío viento de las montañas.

– Entonces, déjanos ver una de tus manos.

El tigre metió una de sus patas delanteras por debajo de la puerta.

– ¡Qué extraño! Nuestra madre no tiene las manos tan ásperas. – Volvieron a contestar.

– Es por haber trabajado todo el día al aire libre, cariño. – Insistió el tigre.

– Déjanos ver uno de tus pies.

La bestia introdujo una de sus patas traseras bajo la puerta.

– ¡Qué extraño! Nuestra madre no tiene los pies tan grandes.

– ¡Es porque llevo calcetines gruesos! – Insistió el tigre.

Creyéndose la artimaña, los hermanos abrieron la puerta y el animal se abalanzó dentro de la habitación.

– Debéis estar hambrientos. Vamos a preparar la cena.

Cuando el tigre se dirigió a la cocina, los niños vieron su cola saliendo de la parte trasera de la falda.

– ¡Esa no es nuestra madre!, ¡tenemos que salir de aquí! – Le dijo el hermano a la hermana.

Los dos niños se apresuraron a salir de la habitación por la puerta trasera y se subieron a un árbol que había junto a un pozo. Cuando el tigre volvió a la habitación vio que los hermanos habían desaparecido.

– ¿A dónde habrán ido esos bribones? No están en su cuarto ni en el baño. Tampoco en la alacena ni en el patio.

Finalmente, el tigre encontró a los niños reflejados en el agua y pensó que estaban escondidos en el pozo.

-Ajá, ¡ya os tengo! – El felino estaba muy contento por haber descubierto el escondite de los niños y se puso a bailar alrededor del pozo.

– ¿Cómo debería pescarlos?, ¿con un cubo?, ¿quizá usando un colador?

Los niños no pudieron resistirse y se echaron a reír.

– ¡Qué tigre tan estúpido! – rió uno alegremente.

Pero entonces el animal los escuchó y miró hacia arriba. Allí los encontró e intentó trepar al árbol, pero se resbalaba con la corteza. Desesperado, preguntó a los niños:

– ¿Cómo habéis conseguido trepar hasta ahí?

– ¡Nos hemos embadurnado las manos con mucho aceite de sésamo! – Respondieron.

Aunque el tigre era muy feroz, no era muy listo. Corrió a la cocina y volvió junto al pozo con sus patas cubiertas de aceite de sésamo. Así, volvió a intentar trepar, pero esta vez resbalaba mucho más y se cayó de culo.

– ¡Ay, mi trasero! – Lloriqueó.

Los niños se rieron con más ganas y uno de ellos dijo:

– ¡Qué tigre tan tonto!, ¡no se da cuenta de que podría hacer marcas en el árbol con un hacha y subir!

El tigre, que tenía muy buen oído, corrió a buscar un hacha. Cuando la encontró empezó a realizar cortes en el árbol rápidamente.

Los niños, aterrorizados, subieron hasta llegar a la copa del árbol, intentando escapar. Pero finalmente se vieron acorralados y empezaron a rezar con todo su corazón.

– Dios de los cielos, por favor, sálvanos. Apiádate de estos huérfanos, mándanos una cuerda nueva si quieres que sobrevivamos, pero una cuerda podrida si vamos a morir.

El tigre oyó sus súplicas y empezó a reír mientras seguía subiendo. Pero segundos después, el extremo de una cuerda que desaparecía entre las nubes se deslizó hasta ellos y los niños no dudaron en aferrarse a ella, que los elevó hacia los cielos.

Cuando el tigre consiguió llegar al extremo más alto del árbol, se frustró tanto que también decidió rogar al cielo.

– Dios de los cielos, apiádate de este tigre hambriento, mándame una cuerda nueva si quieres que sobreviva, pero una cuerda podrida si voy a morir.

Otra cuerda bajó del cielo, a la que el tigre saltó y se agarró para empezar a subir. Pero cuando estaba cerca de agarrar el dobladillo de la falda de la niña, la cuerda se rompió. El tigre había recibido una cuerda podrida.

El tigre aterrizó junto al pozo con un fuerte golpe, mientras los niños siguieron subiendo hasta perderse de vista. Fue así fue como el hermano mayor se quedó en el cielo y se convirtió en sol que brilla de día y su hermana en la serena luna nocturna.

El perro de fuego y el robo del sol y la luna

En las leyendas coreanas aparecen “los reinos de los cielos”, que forman las estrellas que vemos de noche. En comparación con las naciones constituidas en la Tierra, los reinos de los cielos cuentan con una variedad y una cantidad muy superior.

De entre todos esos infinitos países, había uno sumido en las tinieblas, que permanecía en continua y total oscuridad. Este país era conocido como “el reino de la oscuridad”. Desde ese lugar, no podían apreciarse ni el sol ni la luna y su luz no llegaba a reflejarse en ningún punto de su territorio. El rey que gobernaba aquella tierra vivía atormentado por la visión de su reino sin luz.

– ¿No habrá manera de iluminar mi reino? – Se repetía el rey una y otra vez, celoso de aquella tierra iluminada por los hermosos astros.

Un día, el rey decidió enviar a la Tierra a uno de sus feroces perros, al más poderoso y salvaje de todos.

– ¡Ve a la Tierra y tráeme el sol que flota en su cielo!

El gran perro se dirigió a la Tierra. Pero ninguno de los perros del rey era como los que estamos acostumbrados a ver, su pelaje estaba envuelto en llamas y mientras volaba hacia su destino, una enorme bola de fuego pareció surcar el espacio.

Al llegar, el perro agarró el sol con sus afilados colmillos. Pero el sol estaba ardiendo y, habiéndose quemando el paladar, tuvo que escupirlo. Intentó asirlo de un bocado nuevamente, pero la masa incandescente estaba demasiado caliente y cada vez que lo hacía la escupía. Tras muchos intentos, la bestia desistió y volvió a su reino de oscuridad.

Cuando el rey vio al perro llegar sin la estrella regañó severamente al can. Entonces, el rey tuvo una nueva idea. Si no podía conseguir el sol, entonces tendría la luna. Ordenó al perro volver al cielo terrestre.

– ¡Ve a la Tierra y tráeme la luna que flota en su cielo! Como no está caliente, esta vez no encontrarás ningún problema.

Decidido a hacer un buen trabajo, el perro surcó el cielo en dirección a la Tierra con el propósito de robar la luna.

– Esto resultará fácil – se dijo – la luna no es de fuego, así que no me quemaré al morderla.

Una vez allí, abrió sus fauces y al intentar atrapar el satélite con ellas tuvo que escupirlo. Lo había mordido con todas sus fuerzas y casi se queda sin dientes. La luna era dura como una piedra y estaba más fría que el hielo. Desconcertado y viendo que no podía sostenerla entre los dientes para llevársela a su amo, volvió a su hogar con el rabo entre las patas.

El rey sigue empeñado en llevar la luz a su reino. Cuando lo cree oportuno, envía de nuevo a su perro para robar el sol y la luna. Y cada vez, el gran perro regresa sin nada.

Cuando el perro muerde el sol, éste no puede verse. Los habitantes de la Tierra llaman al acontecimiento eclipse solar. E igualmente ocurre con la luna; cuando el perro vuelve por ella e intenta morderla podemos disfrutar de un eclipse lunar.

Hay quienes dicen que si sabes cómo mirar un eclipse de sol o de luna, es posible ver al perro de fuego del reino de la oscuridad mordiendo y escupiendo los astros.

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